WOLFGANG AMADEUS MOZART
(Salzburgo 1756 - Viena 1791)

Sinfonía n.º 4 en sol menor, KV 550

(1788) – 22’

Molto allegro
Andante
Menuetto: Allegretto
Allegro assai

Ave verum corpus, KV 618

(1791) – 6’

Ensemble O Vos Omnes

PAUSA 20'

WOLFGANG AMADEUS MOZART

Réquiem en re menor, KV 626

(1791) – Versión de Süssmayr – 60’

I.  Introitus (Requiem)
II.  Kyrie
III.  Sequentia (Dies irae / Tuba mirum / Rex tremendae / Recordare / Confutatis / Lacrimosa)
IV.  Offertorium (Domine Jesu / Hostias)
V.  Sanctus
VI.  Benedictus
VII.  Agnus Dei
VIII.  Communio (Lux aeterna)

Serena Sáenz, soprano / Avery Amereau, contralto / Jorge Navarro Colorado, tenor / Erik Rosenius, bajo / Ensemble O Vos Omnes

Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña

Serena Sáenz, soprano

Avery Amereau, contralto

Jorge Navarro Colorado, tenor

Erik Rosenius, bajo

Ensemble O Vos Omnes

Xavier Pastrana, dirección coral

Trevor Pinnock, dirección

PRIMEROS VIOLINES Vlad Stanculeasa, concertino/ Raúl García, asistente de concertino / Pedro Rodríguez, asistente de concertino / Sarah Bels / Walter Ebenberger / Ana Galán / Katia Novell / María Pilar Pérez / Anca Ratiu / Ana Kovacevic* / Yulia Tsuranova* SEGUNDOS VIOLINES Ivan Percevic, solista / Alexandra Presaizen, solista / Emil Bolozan, asistente / Maria José Aznar / Maria José Balaguer / Patricia Bronisz / Clàudia Farrés / Melita Murgea / Robert Tomàs VIOLES Aine Suzuki, solista / Josephine Fitzpatrick, asistente / Christine de Lacoste / David Derrico / Miquel Serrahima / Adrià Trulls / Johan Rondón* VIOLONCHELOS Jose Mor, solista / Lourdes Duñó / Vincent Ellegiers / Marc Galobardes / Carla Conangla* CONTRABAJOS Christoph Rahn, solista / Dmitry Smyshlyaev, asistente / Albert Prat FLAUTAS Christian Farroni, asistente OBOES Rafael Muñoz, solista / Dolors Chiralt, asistenteCLARINETES Josep Fuster, solista / Alfons Reverté FAGOTS Silvia Coricelli, solista / Noé Cantú TROMPAS Juan Manuel Gómez, solista / Joan Aragó TROMPETAS Mireia Farrés, solista / Adrián Moscardó TROMBONES Eusebio Sáez, solista / Vicente Pérez / Raúl García, trombón bajoTIMBALES Marc Pino ÓRGANO Gregori Ferrer*

ENCARGADO DE ORQUESTA Walter Ebenberger  
RESPONSABLE DE DOCUMENTACIÓN MUSICAL Begoña Pérez
RESPONSABLE TÉCNICO Ignacio Valero
PERSONAL DE ESCENA Luis Hernández *

*Colaborador/a

COMENTARIO

por Xavier Pastrana

El 3 de julio de 1778, Wolfgang Amadeus Mozart estaba en un dormitorio, en la ciudad de París. En el lecho reposaba el cuerpo de su madre, que acababa de morir. Hasta ese día, Mozart nunca había visto morir a nadie. No obstante, en los once años posteriores, Mozart perdió a dos hijas, dos hijos y a su padre. Finalmente, en 1791, una enfermedad acababa con la vida del compositor. Es en este último año de vida cuando Mozart recibió el encargo anónimo de escribir una misa de difuntos. Y con el encargo empezaba la misteriosa leyenda: el mensajero desconocido, el proceso febril de composición, la muerte de Mozart y sus causas, la autoría de las distintas partes de la obra…

En 1781, con 25 años, Mozart tomó la decisión de abandonar Salzburgo y establecerse en Viena. Así, abandonaba una ciudad que le había hecho sufrir mucho laboralmente y se disponía a vivir en la capital austríaca para trabajar como profesor, intérprete y compositor. En Salzburgo dejaba un arzobispo que menospreciaba su talento y un padre terriblemente controlador. Así comienza el último período de la vida del compositor, unos años marcados por una intensa producción.

La Sinfonía n.º 40 en sol m KV 550 fue escrita en verano de 1788, junto con la n.º 39 y la n.º 41, la última de su catálogo. No sabemos exactamente el propósito de estas sinfonías, pero es probable que las compusiera para tener nuevo repertorio para los viajes que realizó ese verano: Berlín, Fráncfort, Múnich… Tampoco sabemos si la n.º 40 llegó a interpretarse, pero es fácil deducir que así fue, ya que Mozart reescribió la parte de flautas y oboes para hacer una segunda versión de la obra añadiendo clarinetes, algo que solo tendría sentido como preparación para una interpretación. Sea como sea, esta sinfonía se ha convertido en la más popular del compositor, una popularidad de la que también gozó en su tiempo, como podemos deducir del hecho de que Joseph Haydn citara parte del segundo movimiento en su obra Die Jahreszeiten.

Con sus viajes y el arraigo en Viena, Mozart intentaba encontrar una estabilidad laboral que le permitiera trabajar y vivir con cierta tranquilidad. Aunque era un compositor reconocido y valorado, le faltaba encontrar un trabajo con unas buenas condiciones y un buen sueldo. Por eso, en 1790, Mozart pidió ser nombrado ayudante del maestro de capilla de la catedral de San Esteban, Leopold Hofmann, un título que le fue otorgado en 1791. Este título no comportaba ninguna remuneración, pero sí el compromiso de sustituir al maestro de capilla después de su muerte. En abril de ese año, Hofmann cayó gravemente enfermo, lo que supuso una nueva esperanza para Mozart: el salario de maestro de capilla era importante y conllevaba muchas ventajas.

Unos meses después de esta noticia, probablemente en verano (época en la que escribió el Ave verum corpus, que también escucharemos hoy), un mensajero se presentó en casa de los Mozart. El mensajero llevaba una carta sin firmar en la que se preguntaba al compositor si podía escribir una misa de difuntos, cuánto tardaría en completarla y cuál sería su precio. Actualmente sabemos que el encargo del Réquiem provenía del conde Franz von Walsegg, que tenía por costumbre pagar a compositores con mucho talento para escribir obras que después hacía pasar por propias delante de sus amigos. Por esta razón no quería desvelar su identidad. Mozart tenía unos proyectos inmediatos que, en ese momento, pasaron por delante del Réquiem: La flauta mágica, La clemencia de Tito o el Concierto para clarinete, entre otros. Fue en octubre de ese año cuando el compositor concentró sus fuerzas (cada vez más mermadas) en la escritura de su última obra. A partir del 20 de noviembre, Mozart, muy enfermo, ya no salía de la cama, en la que apenas podía trabajar. Falleció en la madrugada del 5 de diciembre debido a una insuficiencia renal, según la versión más aceptada.

La única parte del Réquiem que Mozart llegó a finalizar es el Introito. Del Kyrie, el Ofertorio y la Secuencia terminó las partes vocales, el bajo y detalles del acompañamiento instrumental. Del célebre Lacrimosa sólo escribió los ocho primeros compases que, según la leyenda, fueron los últimos de su vida. Así pues, el Sanctus, el Benedictus y el Agnus Dei quedaron huérfanos de la música de Mozart. Constanze, la viuda de Mozart, estaba muy interesada en completar de algún modo la obra para poder cobrar el encargo. Primeramente encomendó la labor al compositor Joseph Eybler, a quien Mozart tenía en gran consideración, pero Eybler, después de escribir la instrumentación de los primeros números, se vio incapaz de crear nueva música que acabara con dignidad la obra del maestro. Así pues, Constanze buscó una alternativa y trasladó el encargo a Franz Xaver Süssmayr, antiguo alumno de Mozart (pero no tan valorado), el cual terminó la obra de la forma en que hoy en día es más interpretada, y que concluye con la repetición de la fuga del Kyrie con el texto “Cum sanctis tuis”. Constanze pretendía hacer pasar toda la obra como original de su marido (no deja de ser irónica la correspondencia con la intención de Walsegg), y ahí empezaron las primeras dudas sobre quién terminó de escribir el Réquiem.

A lo largo de los años ha habido varios intentos de realizar versiones alternativas a la de Süssmayr, que no se considera del todo satisfactoria. En muchas ocasiones se ha utilizado el material de Eybler, e incluso se han intentado reconstruir de nuevo los números para los que Mozart no dejó ningún apunte. El Réquiem KV. 626 representa una lucha entre el compositor y la muerte, una carrera por terminar su última obra antes de que le llegara el destino final. La comunidad musical intenta seguir luchando por decantar la balanza hacia Mozart, como si estuviéramos todavía en la fase de negociación antes de aceptar que, conforme avanza la música del Réquiem, la parte de Mozart va muriendo. Ciertamente, es una realidad difícil de asumir, sobre todo si leemos una de las frases que al parecer dijo Mozart en su lecho de muerte: «Tener que morir precisamente ahora […], abandonar mi arte ahora, que ya no tendría que ser esclavo de la moda […] y podría seguir el vuelo de mi fantasía y componer con libertad e independencia lo que me dictara el corazón».

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