BLOG · A favor de la dignidad humana ultrajada

19/09/2023 – Oriol Pérez Treviño

La temática 'Poder o Revuelta', elegida como relato para la temporada 2023-2024 de L'Auditori, encuentra, en el concierto inaugural de la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña (OBC), una verdadera declaración de principios. Y es que con permiso de las dos obras de Joan Guinjoan (1931-2019) y Jordi Cervelló (1935-2022), también objeto de reflexión en estas líneas, este programa inaugural nos lleva al núcleo de esta temática: poder o revuelta. El dilema podría manifestarse en forma de pregunta propedéutica: ¿qué papel juegan los compositores, extensible a los artistas, frente al curso de los eventos sociopolíticos? ¿Querer ser expresión del poder instaurado o expresar su decadencia y contradicción? Uno de los tres filósofos de la sospecha, Friedrich Nietzsche (1844-1900), todavía quiso ir más allá y escribió en el Crespúsculo de los ídolos(1889): "Todas las grandes épocas de la cultura son épocas de decadencia política: lo grande en el sentido de la cultura ha sido apolítico, incluso antipolítico".

Sea como fuere, tanto la celebérrima Sinfonía en Mi b, op. 55 de Ludwig van Beethoven (1770-1827), estrenada públicamente en el Theater an der Wien el 7 de abril de 1805, como la más desconocida Sinfonía concertante en mí, op. 125 de Serguei Prokófiev (1891-1953), estrenada el 18 de febrero de 1952, muestran las consecuencias de un desencanto colectivo vivido en Europa entre los años 1815 y 1922. Si el 18 de junio de 1815 tuvo lugar la definitiva derrota napoleónica en la Batalla de Waterloo a manos de las llamadas cuatro grandes potencias (Austria, Rusia, Prusia y Gran Bretaña); el 30 de diciembre de 1922 se fundó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que a partir de enero de 1924 tuvo como dirigente a Yósif Stalin (1878-1953).

Sin embargo, antes de la derrota napoleónica en Waterloo, muchos artistas e intelectuales ya habían mostrado su desencanto absoluto por el curso de los acontecimientos, al haber dejado atrás las esperanzas de un cambio profundo y, en cierta medida, emocional. Todas las expectativas de progreso, de liberación personal y social, alegoría y sueño del programa de la Ilustración, se habían desvanecido el 18 de mayo de 1804, cuando el cónsul Napoleón Bonaparte (1769-1821), asesorado por el siempre tétrico Joseph Fouché (1759-1820), se hizo nombrar emperador. Con esta coronación morían expectativas de la vida que hablaban, abiertamente, del inicio de un gran cambio. Como ha señalado George Steiner(1929-2022), el hecho de que el filósofo Immanuel Kant(1724-1804) retrasara su puntualísimo paseo matinal diario al enterarse de la caída de la Bastilla o que el 22 de septiembre de 1792 se instaurara un nuevo calendario, el 1 de vendemiario del an un, son muestras inequívocas de la intensidad experimentada en la vivencia de aquellos hechos históricos. Todo ello dio lugar a grandes tormentas del Ser que palpitan, obviamente, en la mencionada sinfonía beethoveniana.

No han sido pocos los hermeneutas que también han relacionado esta sinfonía con el mito de Prometeo, el arquetipo del Hombre Nuevo, empezando por el hecho de que en el último movimiento (Finale: Allegro molto) el compositor de Bonn emplea materiales musicales ya usados ​​en su ballet Las criaturas de Prometeo, op. 43 (1801). Tampoco está de más darnos cuenta como la experiencia auditiva a la que se nos invita nos lleva a una conciencia histórica y psicológica del tiempo. La forma de hacernos experimentar el tiempo y el desarrollo dramático del segundo movimiento (Marcia funebre. Adagio assai) nos llevan al núcleo de las grandes tormentas del Ser antes mencionadas y que, en el caso de la sinfonía, todavía tendrían un último episodio al enterarse Beethoven de la coronación de Napoleón como emperador. La que presuntamente era la Sinfonía Bonaparte se convirtió en la Sinfonía eroica compuesta por festeggiare il sovvenire de un granuomo. Esto es: Sinfonía heroica, compuesta por conmemorar el recuerdo de un gran hombre.

Si desencanto es lo que causó Napoleón con su coronación y posterior derrota, eso mismo suscitó el establecimiento en la URSS de la llamada dictadura del proletariado donde, todavía hoy, proyecciones e idealizaciones ideológicas no han permitido la plena conciencia trágica de todo lo que supuso esta dictadura. Así, no fueron pocos los artistas e intelectuales que mostraron abiertamente su decepción, que podría perfectamente tomar forma de pregunta reflexiva: ¿qué sentido tiene matar a los Románov si después nos llegará una dictadura igual o peor que una decadente monarquía feudal? El triunfo de la revolución bolchevique supuso, principalmente para los creadores, un antes y un después en sus vidas y trayectorias, ya que tuvieron que posicionarse abiertamente. Se trata de un tema apasionante y lo podremos tratar a lo largo de la temporada 23-24 de L'Auditori, que nos permitirá escuchar, entre otras importantes obras, la integral de los Quince cuartetos de cuerda (1938-1974) de Dmitri Shostakovich(1906-1975), uno de los creadores que más vivió (¡y sufrió!) las vicisitudes del régimen soviético.

Igualmente complejo fue el posicionamiento de Serguei Prokófiev, que representa uno de los casos más extraños en su relación como creador con la Rusia soviética, pero también con Occidente. Compositor prolífico con un importante catálogo de obras, el reconocimiento le llegó primero fuera de su país natal; con el estallido de la revolución de febrero de 1917 decidió establecerse en Estados Unidos y, más tarde, en Europa, donde estrenó importantes obras, entre las que destaca el estreno el 1 de diciembre de 1935 en el Teatro Monumental de Madrid del Concierto para violín y orquesta núm. 2 en sol, op. 63, con el violinista Robert Soetens y la Orquesta Sinfónica de Madrid, bajo la dirección de Enrique Fernández Arbós. En 1936, sin embargo, Prokófiev decidió volver a la URSS. Muchos ríos de tinta han corrido sobre esta extraña decisión, algunos relacionados con la controvertida relación con su esposa Lina Codina Medískaya (1897-1989), de origen catalán, que estuvo recluida en un gulag durante 20 años. Para un cosmopolita como Stravinsky, el motivo del retorno de Prokófiev no era otro que “la necesidad que tenía de alcanzar la fama. No había tenido éxito ni en Estados Unidos ni en Europa. Fue un absoluto ingenuo en materia política”.

Una de las últimas obras compuestas por el creador de la Sinfonía “Clásica”es la que formará parte del primer programa de la OBC: la Sinfonía concertando en Mi menor, opus 125, que en su primer estreno se presentó como Concierto para violonchelo núm. 2. La obra sirvió como motor de inspiración para el citado Shostakovich en la composición del Concierto para violonchelo núm. 1, opus 107,dedicado al mismo destinatario que la obra de Prokófiev: Mstislav Rostropóvich.

Tampoco están exentas de relación con el poder las dos obras que completan ese programa inaugural. Mientras que la Fanfarria de Joan Guinjoan se encargó como obra para la inauguración de L'Auditori, que el próximo año celebrará su vigésimo quinto aniversario, y decir esto significa implícitamente hablar de una muestra de la música representativa del poder de las instituciones democráticas de nuestro opaís, la obra de Cervelló gira en otra dirección. Un canto en Pau Casals se erige como homenaje a una de las figuras más destacadas de nuestro patrimonio y que sirvió para el bautizo de la sala sinfónica de L'Auditori.

Casals tampoco se desentendió de la dimensión política. Posiblemente sea uno de los mayores opositores al fascismo, como lo demuestra el hecho de que, ante la victoria de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial y al ver que no derribaban el régimen del dictador Franco, decidió no tocar más como protesta. La reivindicación duró hasta que en 1950 llegó el bicentenario de la muerte de Ohann Sebastian Bach (1685-1750), lo que pesó mucho más. Se dice que, cuatro años más tarde, en 1954, el gobierno en el exilio de la Generalitat de Catalunya le propuso ser presidente de la Generalitat. La respuesta que dio nos lleva a una última reflexión sobre el papel del artista ante la temática 'Poder o Revuelta': “Yo no soy un político, nunca lo he sido y no pretendo serlo. Yo soy, exclusivamente, un artista. Las funciones políticas no son de la incumbencia del artista, pero para mí éste tiene la obligación de manifestarte categóricamente cuando se trata de la dignidad humana ultrajada”.

Oriol Pérez Treviño

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