FRANZ SCHUBERT
(Viena 1797 – 1828)

Trío con piano n.º 2 en Mi bemol mayor, D 929

(1827) – 45

Allegro
Andante con moto
Scherzando. Allegro moderato
Allegro moderato

 

PAUSA 15'

 

LILI BOULANGER
París 1893 – Mézy-su-Seine, Francia 1918

Dun soir triste

(1918) – 10

 

DMITRI SHOSTAKÓVICH
San Petersburgo 1906 – Moscú 1975

Trío con piano n.º 2 en mi menor, op. 67

(1944) – 24

Andante
Allegro ma non troppo
Largo
Allegretto

AMATIS TRIO:

Lea Hausmann, violín

Samuel Shepherd, violonchelo

Andrei Gologan, piano

COMENTARIO

por Andreas Gomà

Ya desde sus orígenes clásicos, el trío para piano es un género fronterizo, entre música de salón y escenario concertístico. Quizá sea esta ambigüedad entre intimidad y trascendencia lo que propició su impulso durante el Romanticismo. Schumann, su artífice más prominente, llamó la atención sobre la «furiosa aparición celeste» del trío compuesto por Franz Schubert en 1827. Los tres tríos que escucharemos hoy tienen en común la relación próxima con la muerte, propia e inminente ―al cabo de meses, en el caso de Schubert y Boulanger―, de un amigo ―en el de Shostakóvich― y de todo un pueblo compadecido ―en Boulanger y Shostakóvich―.

Es, sin embargo, en Schubert donde este vínculo encarna mejor el paradigma de toda una época, porque el trágico destino personal va íntimamente ligado a los valores estéticos del Romanticismo, con la nostalgia de los tiempos de grandeza incluida. Como Hölderlin respecto a los griegos, así se situaba Schubert hacia Beethoven ―muerto poco antes de escribir la obra, la cual puede considerarse un homenaje a él―. El arranque del primer movimiento es inconfundiblemente beethoveniano, pero está desprovisto del espíritu heroico; distraído, juguetón, tozudo, se precipita en una escalada que se evapora y deja los instrumentos deambulando en la nada, pianísimo tenso entre el tono mayor y el menor. El motivo principal reaparece como una sombra y todo el movimiento queda de repente parado, repitiendo fragmentos. No hay escapatoria ni transiciones, solo rupturas.

Es aquí donde aparece el Wanderer schubertiano, el viajante anónimo, en su inicio de viaje sin retorno, en concordancia con el Viaje de invierno escrito en paralelo, y que el segundo movimiento ―otro homenaje al Beethoven de la marcha fúnebre― evoca plenamente con el acompañamiento glacial del piano. Si al final de La bella molinera el viajante aún está rodeado de un aire de verano, en esta última etapa ya cruza un umbral: lo verde se acaba, empieza la nieve, el amor se queda sin forma y el amigable arroyo se hiela y lo deja solo.

El desarraigo y el extrañamiento también definen el trío de Shostakóvich, que nos presenta un mundo cambiado en el que el chelo susurra armónicos fantasmales por encima del violín que lo acompaña. Recordamos que fue una vez ya empezada cuando la obra se convirtió en un homenaje a su amigo musicólogo Sollertinski, muerto repentinamente, pero el tono ominoso debe de venir de antes, nacido en el contexto reciente de la Octava, obra estremecedora que recoge el efecto emocional devastador que supuso la guerra mundial en Rusia para el compositor. En este sentido, el uso de la música popular judía en el cuarto tiempo se puede entender en el doble sentido elegíaco de la obra, ya que Sollertinski fue precisamente quien la introdujo en la música de Mahler, que también utilizaba estas melodías, pero indudablemente la desnaturalización sarcástica a la que Shostakóvich las somete hace pensar no tanto en una alusión musical, sino en un grito de dolor por la vejación de un pueblo.

Una ambivalencia similar se muestra en el segundo movimiento, que nos evoca el espíritu bachiano a través de una chacona que, aquí sí, evoca una desolación lúgubre individual, con acordes de piano pétreos. No sorprende que se entonara en la ceremonia fúnebre de Shostakóvich en el Conservatorio de Moscú, ni tampoco que, por su carácter profundamente nihilista, el régimen soviético censurara la obra por decadente.

Naturalmente, la percepción "pesimista" es errónea en esencia y quizás nadie ha desentrañado este error con más simplicidad que Lili Boulanger, cuando titulaba una de sus melodías más conocidas con el oxímoron Elle est gravemente gay. He aquí una muestra abierta del principio sombrío-luminoso. La compositora escribió, poco antes de su muerte cuando sólo tenía 24 años, dos piezas de carácter y título aparentemente opuestos: De un soir triste y De una mañana de printemps (1917-1918), pero que sintomáticamente comparten ritmo, modo armónico y material melódico. El mensaje es inequívoco: esperanza y desesperación son inseparables. Nos encontramos ante el lenguaje prodigiosamente audaz y refinado de la última Boulanger, con reminiscencias de Debussy y Ravel, pero con una búsqueda distintiva de estructuras armónicamente densas, no "impresionistas".

Para los tres compositores, el dolor funesto que se ven asomados a expresar no representa ningún tipo de estancamiento, sino al contrario, la consecución de una nueva etapa creativa, el crecimiento de una semilla que lleva a la madurez, es decir, el punto álgido de la vida en que se despide el pasado y se abre una puerta hacia el futuro.

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