RICHARD WAGNER
(Leipzig, Alemania 1813 – Venecia, Italia 1883)
Obertura dEl holandés errante, WWV 63
(1841) – 11’
SERGUEI PROKÓFIEV
(Sontzovka, Ucrania 1891 – Moscú, Rusia 1953)
Concierto para violín y orquesta n.º 1 en Re mayor, op. 19
(1916-1917) – 22’
Andantino
Scherzo: Vivacissimo
Moderato
Inés Issel Burzyńska, violín
PAUSA 20’
JEAN SIBELIUS
(Hämeenlinna, Finlandia 1865 – Järvenpää, Finlandia 1957)
Sinfonía n.º 2 en Re mayor, op. 43
(1901-1902) – 44’
Allegretto
Tempo andante ma rubato
Vivacissimo
Finale: Allegro moderato
Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya
antony hermus, DIRECCIÓn
INÉS ISSEL BURZYŃSKA, Violín
PRIMEROS VIOLINES Yorrick Troman*, concertino invitado / Benjamí Scherer, asistente de concertino / Sarah Bels / Pol Coronado / Walter Ebenberger / Clàudia Farrés / Ana Galán / Zabdiel Hernández / Natalia Mediavilla / Lev Mikhailovskii / Katia Novell / Anca Ratiu / Jordi Salicrú / Pau Andreu* / Paula Banciu* / Sei Morishima* · SEGUNDOS VIOLINS Alexandra Presaizen, solista / Emil Bolozan, assistent / M. José Aznar / M. José Balaguer / Anna Castellani / Mireia Coma / Alzy Kim / Octavi Martínez / Melita Murgea / Ícar Solé / Robert Tomàs / Antònia Escalas* / Francina Moll* / Eugènia Ostas* · VIOLAS Vladimir Percevic, solista / Noemí Fúnez, asistente / David Derrico / Josephine Fitzpatrick / Franck Heudiard / Sophie Lasnet / Jennifer Stahl / Andreas Süssmayr / Adrià Trulls / Manuel del Horno* / Ricardo Gil* / Oreto Vayá* · VIOLONCHELOS José Mor, solista / Charles-Antoine Archambault, solista / Blai Bosser, asistente / Irene Cervera / Lourdes Duñó / Vincent Ellegiers / Marc Galobardes / Elena Gómez / Olga Manescu / Jean-Baptiste Texier · CONTRABAJOS Christoph Rahn, solista / Dmitri Smyshlyaev, asistente / Jonathan Camps / Apostol Kosev / Josep Mensa / Carlos García /Noemí Molinero* / Risto Vuoluane* · FLAUTAS Francisco López, asistente / Carmen Galán* / Ricardo Borrull, flautín · OBOES Dolors Chiralt, asistente / José Juan Pardo / Pau Roca*, corno inglés · CLARINETES Pedro Franco, solista / Francesc Navarro / Maria Rubio, asistente · FAGOTES Silvia Coricelli, solista / Noé Cantú · TROMPAS Juan Manuel Gómez, solista / Joan Aragó / Juan Conrado Garcia, asistente de solista / Pablo Marzal, asistente / Artur Jorge · TROMPETAS Ángel Serrano, asistente / Adrián Moscardó / Miguel Herráez · TROMBONES Gaspar Montesinos, asistente / Pablo Rodríguez / Raúl García, trombón bajo · TUBA Daniel Martínez · TIMBALES David Montoya, solista · PERCUSIÓN Joan Marc Pino, solista / Ignasi Vila · ARPA Magdalena Barrera
DIRECTORA TÉCNICA María Marí
JEFA DEL DEPARTAMENTO ARTÍSTICO Montserrat Grau
ASISTENTE DIRECCIÓN TÉCNICA Núria Torrens
PRODUCCIÓN ARTÍSTICA Jose Sanchis
CONTRACTACIÓN EXTERNA Leticia Martín
ARCHIVERA Begoña Pérez
ADMINISTRATIVA Mercè J. Puertas
ENCARGADO DE ORQUESTRA Walter Ebenberger
RESPONSABLE TÉCNICO Ignasi Valero
TÉCNICO DE ESCENA Luís Alberto Hernández
*Colaborador/a
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por Jacobo Zabalo
Desde los primeros compases, la obertura de Der fliegende Holländer sugiere un mar de turbulencias: una dramática travesía que se inspira en la leyenda de un marinero holandés condenado a vagar por los océanos. Compuesta por Richard Wagner en torno a 1841, en un momento de dificultades personales y económicas, condensa la urgencia narrativa y los motivos temáticos de la ópera que se estrenaría dos años más tarde en Dresde. Supuestamente inspirado, asimismo, por un viaje tempestuoso entre Riga y Londres, Wagner ensayó aquí un lenguaje innovador en el que los motivos musicales asociados a los personajes y al destino —los célebres leitmotivs— trasladan, de forma inmediata y sin conceptos, un significado identificable. Supone la transición entre la ópera romántica tradicional y un nuevo concepto dramatúrgico en el que música y acción forman una unidad inseparable y que se entenderá a la luz de la noción de “obra de arte total” (Gesamtkunstwerk) al integrar música, drama, poesía, escenografía y, eventualmente, danza.La obertura simula el rugido y el vaivén de una tormenta, antes de dar paso a temas que evocan el alma errante del holandés y la posibilidad de redención a través del amor, con pasajes más amables, de manera que anticipa —de forma condensada— la tensión dramática de la obra completa.
El Concierto para violín n. 1 en Re, op. 19, de Serguéi Prokófiev invita a otra forma de narración musical: la del diálogo íntimo y virtuoso entre solista y orquesta, en un contexto de posromanticismo ya consolidado donde la experimentación sonora condiciona la tarea compositiva de forma más o menos explícita. La agitación política del contexto en el que fue compuesto no se divisa desde el inicio. A diferencia de la imagen más agresiva y sarcástica que suele asociarse a Prokófiev, destaca por su atmósfera soñadora, especialmente en el primer y último movimientos. De hecho, la confección de este concierto en términos de estructura es poco convencional (lento-rápido-lento). Prokófiev lo empezó en el año 1915, pero no se estrenó hasta el 18 de octubre de 1923 en la Ópera de París, con Marcel Darrieux como solista y bajo la dirección de Serge Koussevitzky. El compositor combina en él melodías delicadas con armonías modernas y ritmos irregulares para crear un lenguaje innovador, pero accesible: elegancia lírica, vivacidad rítmica y un sentido de brillo técnico. El violín se sitúa en el centro de un discurso que alterna momentos deliberadamente cantabiles, con giros discretamente humorísticos y, por descontado, un virtuosismo vistoso, al servicio de la expresividad. El andantino mencionado antes introduce al solista con una melodía onírica sobre trémolos de viola; le sigue un scherzo vivacissimo de carácter dinámico y juguetón, para culminar con un moderato – allegro moderato, en el que el solista y la orquesta intercambian temas buscando el equilibrio entre drama y poesía.
Tras el impulso virtuoso del concierto, la Sinfonía n. 2 en Re, op. 43, de Jean Sibelius abre un universo sonoro de una escala y profundidad majestuosas. Los recursos de una gran orquesta sinfónica se movilizan para crear un paisaje acústico notablemente expansivo del cual el oyente se siente invitado a formar parte, incluido necesariamente en la naturaleza invocada, para vivir una experiencia altamente emocional y, por lo tanto, también memorable. Compuesta en el contexto de un creciente sentimiento nacionalista ante la amenaza del Imperio ruso, esta sinfonía fue estrenada en Helsinki el 8 de marzo de 1902 —más de un año después del éxito de su poema sinfónico, e himno oficioso, Finlandia— bajo la dirección del propio Sibelius. A pesar de que nunca confirmó un programa explícito, la obra transmite una progresión dramática desde la tensión inicial hasta un final triunfal y luminoso. El público la recibió como un símbolo de búsqueda de la libertad y de la identidad nacional, hasta el punto de que algunos la denominaron “Sinfonía de la independencia”.
Musicalmente, combina una estructura de sinfonía clásica, en cuatro movimientos, pero con un lenguaje muy personal —de ahí buena parte de su originalidad— basado en el desarrollo “orgánico” de motivos. Desde su época de estudiante en Berlín, Sibelius sentía fascinación por los monumentos sinfónicos de Bruckner y las recreaciones míticas de Wagner. Su Segunda nos acerca a la inmensidad salvaje y bella de la naturaleza —lo sublime kantiano— gracias a la respiración amplia de las cuerdas, las evocaciones de las maderas y la energía potencialmente desatada de los metales. Empieza con un allegretto que alterna temas pastorales y temas que evocan una incertidumbre propiamente humana, con una tensión nada disimulada, pero todavía bajo control. Se exhiben ya motivos que permitirán tejer un relato sonoro cuando reaparezcan, transformados, a lo largo de la obra. El segundo movimiento parece lanzar preguntas incómodas al oyente, con una intensidad marcada por la poco frecuente indicación tempo andante ma rubato, mientras que el tercero, un vivacissimo con impulsos intermitentes, empuja a la orquesta a la enunciación, por el oboe, de una melodía conmovedora en su sencillez. Así se baliza el camino hacia la elevación, en el último movimiento: pasajes de exuberancia orquestal se sucederán como olas de una revolución creciente e incontenible —un latido de pura aceptación— para declamar un tema solemne y amoroso, inscrito en el alma de todo ser viviente. Abierta desde siempre como posibilidad, la paz de espíritu nos conecta con una verdad enigmática y trascendente.
